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Martes, 10 Marzo 2026 06:00

La vergüenza debe cambiar de bando

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“La vergüenza debe cambiar de bando”. Con esas palabras Gisèle Pelicot se convenció a sí misma, en un momento de profunda tribulación, de que no era ella quien debía temer y mostrar vergüenza. Su caso, hoy internacionalmente conocido, marcó no solo a sus familiares y círculo cercano, también a millones de personas quienes han visto en ella no solo a una mujer valiente, sino un ejemplo a seguir para alzar la voz ante las múltiples violencias que se ejercen contra las mujeres alrededor del mundo.

 

Los detalles de su historia las conocemos gracias al juicio contra su exesposo Dominique Pelicot, pero sobre todo a su testimonio frente a medios de comunicación y a su reciente libro Un himno a la vida. Gisèle es una mujer de 73 años, quien vivía en la región de Provenza, Francia, con su marido, ambos jubilados, tras una vida de pareja y trabajo. Desde 2011, y bajo los efectos de anestesia administrada sin su conocimiento, Gisèle fue violada por su marido y por cerca de 80 hombres en diferentes ocasiones, a quienes él invitaba a su casa mientras ella era fotografiada y grabada.

 

Casi una década después, en 2020, su marido fue arrestado por fotografiar mujeres en el supermercado, sin su consentimiento. Tras una investigación inicial, la policía francesa descubrió las imágenes que lo inculparían y que revelarían los delitos contra su propia esposa. Gisèle no pudo dar crédito a lo sucedido. Pero después de recibir asistencia psicológica y de hablarlo con su familia, decidió no esconder su nombre y que el juicio contra su pareja se llevara de manera pública.

 

Lo que Gisèle ha narrado desde entonces no debe ser visto únicamente como un caso de violencia sexual hacia la mujer. En su justa dimensión, su narración es, sobre todo, una muestra de tenacidad para denunciar a su propia expareja y a las decenas de hombres que la violentaron sin su conocimiento. Su testimonio, que ha sido escuchado en diversos foros y en entrevistas con medios tan distinguidos como la BBC, el New York Times o El País, ha inspirado a decenas de miles de mujeres a marchar, a exhibir, a alzar la voz.

 

Como ella misma lo ha señalado, callar es revictimizarse, es asumir una vergüenza y una culpa no merecida. Es, también, una forma de proteger involuntariamente al agresor. Por ello afirma que la vergüenza, la culpa, el peso de la ley, deben recaer en las personas agresoras y no en las víctimas.

 

En el marco del reciente 8M, en el que nuevamente miles de mexicanas marchamos contra la violencia, este ejemplo de vida no debe llevarnos únicamente a admirar el valor que representa la actitud de Gisèle y de millones de mujeres. Debe invitarnos a reflexionar que las mujeres, en nuestros diversos espacios de responsabilidad, ya sea como servidoras públicas, docentes, trabajadoras, hermanas, hijas, madres o profesionistas, debemos asumir el compromiso de hablar y de acompañar y escuchar a las víctimas que hablan.

 

Nosotras somos el primer pilar de apoyo de quienes han sufrido la violencia en primera persona, porque el feminismo, entendido como la lucha colectiva de las mujeres a una vida digna, libre de violencia y con pleno respeto a nuestros derechos, no puede construirse de manera individual o aislada. Requiere del acompañamiento permanente de la sociedad y de las instituciones democráticas. Solo de esta manera comenzaremos a modificar una realidad que, todavía hoy, es marcadamente violenta contra las mujeres.

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