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Martes, 11 Agosto 2026 16:13

Cuando la democracia cabe en 30 segundos

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Treinta segundos. Ese puede ser el tiempo que tenemos para conseguir que alguien detenga el dedo, mire una pantalla y decida escuchar lo que tenemos que decir.

 

Hace algunos años, hablar de comunicación institucional en redes sociales podía parecer una apuesta por un canal complementario. Hoy, esa idea resulta insuficiente. Las redes forman parte de la manera en que millones de personas se informan, se entretienen, conversan y construyen opiniones.

 

Los datos ayudan a dimensionarlo. De acuerdo con la Encuesta Nacional sobre Disponibilidad y Uso de Tecnologías de la Información en los Hogares (ENDUTIH) 2025, elaborada por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), 104.9 millones de personas de seis años y más utilizaron internet en México durante 2025. Esto representa 86.1 % de la población de ese grupo de edad.

 

Pero hay un dato todavía más revelador para quienes tenemos la responsabilidad de comunicar: 89.2 % de las personas usuarias de internet utilizó la red para acceder a redes sociales.

 

No estamos, entonces, frente a un espacio marginal. Estamos frente a uno de los lugares donde buena parte de la sociedad ya está.

 

La dimensión del fenómeno plantea una pregunta inevitable: ¿qué significa comunicar democracia en un entorno diseñado para que las personas deslicen el dedo, pasen de un contenido a otro y decidan en cuestión de segundos qué merece su atención?

 

La respuesta no puede ser simplemente producir contenidos cada vez más breves. Porque reducir un mensaje no significa necesariamente hacerlo más comprensible. Y hacer un video de treinta segundos no significa que hayamos conseguido comunicar en treinta segundos.

 

La verdadera dificultad está en otra parte: cómo condensar una idea compleja sin quitarle aquello que la hace importante. La democracia está llena de conceptos que requieren contexto. Participación ciudadana, representación, derechos político-electorales, elecciones, instituciones, reglas, pluralidad, inclusión. Explicarlos correctamente exige rigor. Hacerlos comprensibles exige, además, capacidad para encontrar el lenguaje y el formato adecuados.

 

Se trata de entender dónde están las personas y aprender a conversar con ellas desde ahí.

 

La propia ENDUTIH ofrece una pista importante. En 2025, 93 % de las personas usuarias de internet señaló utilizarlo para comunicarse; 89.2 % para acceder a redes sociales; 87.9 % para buscar información y 79.7 % como apoyo a la capacitación o educación.

 

Es decir, internet no es únicamente un espacio para distraernos. También es un espacio donde buscamos respuestas, aprendemos y nos relacionamos. Ahí también cabe la democracia.

 

Por eso, quizá el desafío de las instituciones electorales no consiste únicamente en estar presentes en las redes sociales. Consiste en conseguir que la información que ahí colocamos tenga sentido para quien la recibe.

 

Una explicación sobre una elección no debería competir únicamente por visualizaciones. Una información sobre los derechos de la ciudadanía no pierde importancia porque tenga menos reacciones que un video de entretenimiento. Y un contenido que explica cómo participar no fracasa necesariamente porque no se convierta en viral.

 

Hay información que necesita ser vista por millones de personas. Pero también hay información que necesita ser entendida por una sola persona en el momento preciso.

 

El entorno digital obliga a pensar de otra manera. Hay personas que reciben cientos de mensajes, que eligen qué mirar, que comentan, cuestionan, comparten, ignoran y, en ocasiones, contradicen aquello que una institución comunica. La ciudadanía dejó de ser únicamente receptora.

 

Eso implica una responsabilidad adicional. Cuando una institución publica información sobre democracia, no solamente está intentando llamar la atención: está interviniendo en una conversación pública.

 

Y hacerlo bien exige algo más que conocer las plataformas. Exige conocer a las personas. Saber qué les preocupa. Entender qué conceptos resultan difíciles. Identificar qué formatos pueden facilitar una explicación. Hay que reconocer que no todas las personas tienen las mismas condiciones de acceso, las mismas habilidades digitales ni las mismas necesidades de información.

 

Por eso, hablar de comunicación digital no significa asumir que toda la ciudadanía está conectada de la misma manera. La tecnología puede acercarnos, pero la comunicación democrática tiene que preocuparse también por quienes permanecen fuera de ella.

 

La pregunta verdaderamente importante es qué somos capaces de decir en esos treinta segundos y, sobre todo, qué somos capaces de provocar después de ellos.

 

Si conseguimos que una persona comprenda algo que antes no entendía, hemos comunicado. Si logramos que alguien conozca un derecho que desconocía, hemos comunicado. Si una explicación ayuda a una persona a tomar una decisión informada, hemos comunicado.

 

Y si después de ver un contenido alguien decide investigar más, preguntar, contrastar información o participar, quizá esos treinta segundos hayan hecho mucho más que conseguir una reproducción.

 

El reto es encontrar nuevas maneras de hacer que, incluso dentro de una pantalla pequeña, la democracia siga siendo grande.

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