Comunicación
Social

Puede pensarse que la comunicación es un fenómeno sencillo que ocurre solo cuando hablamos; por ejemplo, una conversación, un discurso, una llamada telefónica o un mensaje escrito. Sin embargo, gran parte de lo que comunicamos sucede incluso cuando no tenemos intención de decir nada.

 

Comunicamos en la forma de responder un mensaje, en el tiempo que tardamos en contestar, en un “gracias” breve, en un audio de siete minutos, en el tono de voz de un saludo.

 

La comunicación cotidiana está llena de pequeños detalles invisibles que interpretamos todo el tiempo, aunque casi nunca nos detengamos a pensarlo.

 

Un mismo mensaje puede transmitir emociones completamente distintas dependiendo de cómo se escriba. No es igual leer un “ok” que un “¡ok, perfecto!”. Tampoco se siente igual un “¿puedes hablar?” que un “cuando tengas tiempo, ¿podemos hablar?”. Las palabras son las mismas herramientas, pero el tono cambia por completo la percepción.

 

Algo parecido ocurre con los silencios. A veces creemos que comunicar significa llenar todos los espacios con palabras, cuando en realidad también hablamos con nuestras ausencias. Una respuesta tardía, una mirada distraída o la costumbre de revisar el teléfono mientras alguien nos cuenta algo pueden comunicar más desinterés que cualquier frase directa.

 

Incluso los objetos y colores comunican. Las marcas lo saben desde hace décadas: ciertos tonos transmiten calma, otros urgencia, energía o confianza. La tipografía de una cafetería no comunica lo mismo que la de un despacho jurídico. Una oficina minimalista genera sensaciones distintas a un espacio lleno de colores. Nada de eso ocurre por accidente. Las personas interpretamos estímulos visuales constantemente, aun cuando no lo notemos de manera consciente.

 

Las redes sociales llevaron este fenómeno a otro nivel. Hoy las personas construyen versiones completas de sí mismas a través de fotografías, formas de escribir y pequeños hábitos digitales. Hay quienes usan audios para todo porque sienten cercanía al hablar; otros prefieren mensajes breves porque consideran que son más prácticos. Algunos responden con emojis, otros jamás los usan porque creen que restan seriedad. Hasta la cantidad de signos de admiración puede cambiar la percepción de una conversación.

 

En la comunicación digital faltan gestos, miradas y entonación, así que terminamos interpretando señales diminutas: una palabra seca, una respuesta demasiado corta o un punto final donde antes había emojis.

 

También existe otra paradoja interesante: solemos cuidar mucho lo que queremos decir en situaciones importantes, pero prestamos poca atención a las pequeñas formas en que comunicamos todos los días. Y, sin embargo, son precisamente esos hábitos cotidianos los que terminan construyendo nuestra imagen frente a los demás.

 

Las personas recuerdan menos los grandes discursos y mucho más cómo las hicieron sentir en conversaciones pequeñas. La manera de escuchar. El interés genuino. La atención. La paciencia. La forma de reaccionar frente a un error o un desacuerdo.

 

Tal vez por eso la comunicación más poderosa no siempre es la más elaborada, sino la más humana. Porque incluso cuando creemos que no estamos diciendo nada, de alguna manera seguimos comunicando algo.

En el ámbito electoral, comunicar no es solo transmitir información. Es, ante todo, un servicio público. No solo se trata de promover a una institución ni de destacar sus logros, sino de acompañar a la ciudadanía con información clara, útil y oportuna.

 

Durante mucho tiempo, la comunicación en lo público ha sido confundida con propaganda, con mensajes que buscan posicionar, persuadir o resaltar acciones. Sin embargo, en materia electoral, esa lógica no solo resulta limitada, sino inadecuada. Las autoridades electorales no están para convencer a las personas de pensar de una manera, sino para garantizar que cuenten con la información necesaria para tomar sus propias decisiones.

 

Comunicar como servicio público implica asumir que cada mensaje tiene un propósito claro: orientar. Explicar cuándo se vota, cómo hacerlo, qué significan los distintos momentos del proceso electoral o por qué existen ciertas reglas no es un ejercicio de promoción, sino de responsabilidad. Es ofrecer herramientas para que cada persona participe de manera informada.

 

Desde esta perspectiva, el lenguaje también juega un papel clave. Si la información no se entiende, no cumple su función. Por eso, hablar claro, usar un lenguaje ciudadano y explicar sin rodeos no es un detalle menor: es parte del servicio público. Una comunicación que orienta es aquella que pone a las personas en el centro, que responde a sus dudas y que facilita la comprensión de temas.

 

Además, comunicar en materia electoral implica reconocer que la información es un derecho. No se trata solo de compartir datos, sino de hacer efectivo el derecho de todas las personas a saber. Saber cómo se organizan las elecciones, qué pasos siguen, qué garantías existen para cuidar el voto y cómo se toman las decisiones. Cuando esta información se presenta de forma clara y accesible, se fortalece no solo el conocimiento, sino también la confianza.

 

Entender la comunicación como servicio público también ayuda a establecer límites. La tarea de una autoridad electoral no es dirigir la decisión de la ciudadanía ni influir en sus preferencias. Su responsabilidad es distinta: crear las condiciones para que cada persona decida libremente, con base en información suficiente y comprensible. En este sentido, la comunicación no orienta hacia una postura, sino hacia el entendimiento.

 

Comunicar elecciones, entonces, no es hablar desde la institución hacia la ciudadanía, sino establecer un puente. Un puente que acerque, que explique y que acompañe. Un puente que permita que la información cumpla su propósito: estar al alcance de todas y todos.

 

Asumir la comunicación como un servicio público es reconocer que cada mensaje tiene un impacto. Que informar bien no solo facilita procesos, sino que fortalece la vida democrática. Y que, en última instancia, comunicar no es dirigir, sino orientar; no es persuadir, sino hacer comprensible lo que es de todas las personas.

Martes, 20 Enero 2026 06:00

Comunicar para todas y todos

Uno de los grandes retos de comunicar temas electorales hoy no es la falta de información, sino cómo lograr que eso que queremos decir sea comprensible para todas las personas.

 

Durante mucho tiempo, la comunicación institucional en materia electoral se ha construido desde un lenguaje pensado para quienes ya conocen los procesos, las reglas y los términos; incluso, para personas conocedoras del derecho electoral, una materia muy especializada. Sin embargo, la ciudadanía es diversa y no todas las personas parten del mismo nivel de información ni del mismo interés.

 

Hablar de elecciones no es dirigirse a un solo público. Cuando decimos “la ciudadanía”, hablamos de muchas realidades distintas: personas que votan desde hace años y quienes lo harán por primera vez; quienes siguen la información todos los días y quienes solo se acercan a ella en momentos clave; personas con acceso constante a medios digitales y otras que se informan principalmente por vías comunitarias o tradicionales. Este escenario plantea un desafío fundamental: cómo construir mensajes que puedan ser entendidos por todas y todos.

 

Aquí es donde el lenguaje ciudadano cobra especial importancia. Utilizarlo no significa abandonar la seriedad institucional, ni dejar de lado la precisión. Significa comunicar pensando en las personas, no en la ley o en los documentos técnicos. Significa elegir palabras claras, frases directas y explicaciones que ayuden a comprender, no que compliquen. Es un lenguaje que busca acercar, no marcar distancia.

 

Uno de los principales obstáculos para lograrlo es el uso constante de palabras y expresiones que, aunque son habituales dentro de las instituciones, no siempre resultan claras fuera de ellas. Cuando los mensajes están llenos de términos largos, fórmulas rígidas o explicaciones difíciles de entender, la información se vuelve pesada y lejana. En esos casos, muchas personas dejan de prestar atención, no porque el tema no les interese, sino porque no logran entenderlo con facilidad.

 

El lenguaje ciudadano parte de una idea sencilla: todas las personas tienen derecho a entender cómo funcionan las elecciones. No se trata de decir menos, sino de decirlo mejor. Explicar con claridad, dar contexto y usar ejemplos cuando sea necesario no debilita el mensaje; al contrario, lo fortalece. Un mensaje claro genera mayor cercanía y favorece la confianza.

 

Cuando la comunicación electoral se queda solo en un lenguaje especializado, corre el riesgo de hablar siempre a los mismos públicos. Esto amplía la distancia entre la institución y la ciudadanía. Lo que no se entiende suele generar dudas, y las dudas pueden convertirse en desconfianza. Por eso, adoptar un lenguaje ciudadano no es solo una decisión de estilo, sino una responsabilidad institucional.

 

En un contexto donde la información circula rápidamente y la atención es limitada, el lenguaje ciudadano se vuelve una herramienta fundamental. No solo permite informar sobre fechas o procedimientos, sino que ayuda a que las personas se sientan incluidas y tomadas en cuenta. Hablar claro es una forma de acercar la democracia a la vida cotidiana.

 

Comunicar elecciones no es hablar solo para expertos. Es hablar para todas las personas que participan, opinan y deciden. Y en ese esfuerzo, el lenguaje ciudadano no es un recurso opcional, sino una pieza clave para construir una comunicación electoral más cercana, más clara y compartida.

Vivimos en tiempos en los que casi todo pasa por la mirada pública. Documentamos -casi- todo lo que hacemos, compartimos cada logro y muchas veces medimos el valor de nuestras acciones por la cantidad de reacciones que generan.

 

En esa lógica, un poco ansiosa, de visibilidad constante, la participación ciudadana también puede confundirse con algo que se hace solo cuando hay cámaras, una selfie, micrófonos o un público -virtual- que aplauda con emojis. Sin embargo, el verdadero valor de participar está precisamente en lo contrario: en hacerlo por convicción, con sentido de comunidad, incluso cuando nadie mira.

 

La democracia se sostiene no solo en los grandes eventos electorales que, vale decir en México y en el Estado de México son cada vez más grandes, sino en una suma infinita de gestos cotidianos.

 

Participa quien respeta las reglas comunes, quien elige informarse antes de opinar, quien ayuda a organizar en su colonia o en su escuela, o quien respeta la voz del otro, aunque piense distinto. Participa quien dedica tiempo a capacitarse para ser funcionario o funcionaria de casilla, quien entrega materiales electorales, quien trabaja detrás de un proceso para que todo funcione con orden y transparencia.

 

En los procesos electorales, la atención pública suele centrarse en las candidaturas, los resultados o las polémicas. Pero detrás de cada jornada hay miles de historias que nadie cuenta: personas que se levantan antes del amanecer para abrir una casilla, que enfrentan la lluvia o el calor, que revisan listas, sellan boletas, atienden dudas, cuentan votos con paciencia y regresan a casa agotadas cuando el sol se ha ocultado, pero satisfechas. No hay aplausos ni reflectores, aunque sí una profunda satisfacción: la de haber contribuido a algo más grande que uno mismo: a la democracia y a la participación ciudadana.

 

Esa es la esencia de la participación ciudadana: hacer lo correcto no por reconocimiento, sino por responsabilidad. Porque la democracia, al final, no se mide en popularidad, sino en compromiso.

 

En una sociedad donde todo parece que la inmediatez adquiere protagonismo, participar sin esperar recompensa es un acto de madurez cívica. Es creer que el esfuerzo individual, por pequeño que parezca, tiene impacto en lo colectivo.

 

Por eso es tan importante reconocer el valor de quienes participan sin buscar protagonismo. Su ejemplo demuestra que la democracia no se agota en las urnas, ni empieza o termina con las elecciones. Se construye todos los días, en los espacios más cercanos: en la familia, en el trabajo, en la escuela, en la calle. La participación no se impone, se ejerce desde la conciencia.

 

Los institutos electorales, en ese sentido, son espacios donde esa participación silenciosa se hace visible: cada capacitación, cada revisión de procedimiento, cada persona que colabora en la organización de una elección fortalece la legitimidad del sistema. Su labor demuestra que la democracia no es una maquinaria que se enciende cada tres o seis años, sino un proceso constante de colaboración, confianza y responsabilidad compartida.

 

La democracia necesita de esas manos anónimas que la hacen posible. De quienes entregan tiempo sin buscar recompensa. De quienes creen en la fuerza del deber cumplido. Porque al final, las democracias no se sostienen con discursos ni con aplausos, sino con millones de pequeñas acciones que, aunque parezcan invisibles, son las que garantizan que todo funcione.

 

Participar es una declaración silenciosa, pero poderosa, de confianza en los demás. Y esa confianza —aunque no se vea— es el verdadero cimiento de toda democracia.

Muchos de nosotros crecimos viendo cómo los mayores llegaban con un diario bajo el brazo. Seguramente, en muchas de esas ocasiones, jugamos con el papel y nuestras manos terminaron manchadas de tinta; o bien, esos diarios eran usados para envolver alguna figura de porcelana y así evitar que se rompiera, o quizá siendo utilizado para que los vidrios de las ventanas quedaran impolutos y casi imperceptibles. Si echamos la vista atrás, también nos daremos cuenta de que no teníamos teléfonos sin botones. Ya ni hablar del internet.

 

En cambio hoy, es muy extraño que alguien conocido, amigos o nosotros mismos acudamos al puesto de periódicos más cercano a adquirir el diario del día. Es más fácil y sencillo consultarlo desde nuestro dispositivo móvil con acceso a internet; precisamente esa facilidad es la que está cambiando la manera en que funcionan los medios de comunicación y les está obligando a replantearse los esquemas con los que han funcionado, incluso, durante más de un siglo.

 

El mundo se ha mudado a internet, a las redes sociales, a los videos cortos y al dominio de los influencers. Dichos fenómenos tan actuales han hecho tambalear a los diarios tradicionales provocando una caída de su consumo. El INEGI revela que los lectores de diarios están en vías de extinción.

 

El propio Instituto publicó en 2023 que solo 18.5% de la población lectora señaló que había leído periódicos en los últimos 12 meses, tanto en su versión impresa como digital. Este fue el punto más bajo desde el año 2016. Y aún resulta más revelador un dato: “tanto en su versión impresa como digital”. Lo que quiere decir que el diario, como lo conocemos, ha entrado en una fase de desuso.

 

¿Qué hacer ante este panorama? No hay que dejar de lado que los medios de comunicación son, ante todo, empresas y que, como tales requieren establecer dinámicas de innovación y, aunque suene difícil, ir preparándose para dejar atrás, de manera gradual, la forma impresa de dar las noticias.

 

Y ya hay avances, pues actualmente no existe un medio de comunicación que no tenga ya una página web y que trabaje de forma digital; es decir, que ya haya iniciado su transición hacia la web que, por lo demás, tiene las ventajas de ser inmediata y de fácil acceso.

 

Acá el punto es cómo los medios, en tanto empresas, logran establecer mecanismos de diversificación para su negocio y utilizando a las redes sociales como aliadas para hacer llegar sus mensajes a sus audiencias, dejando de lado o combinando esquemas de ventas distintos, y mucho más allá de esperar recursos provenientes de convenios con entes públicos. Ya no pueden ser la única vía de acceder a recursos para financiar su estructura de funcionamiento.

 

Por el contrario, se hace estrictamente necesario que los medios abran su panorama, implementen mecanismos innovadores. Algunas vías pueden ser las siguientes.

 

Pensar en la figura de un influencer del propio medio parece una opción. Un rostro, una voz que haga que la atención de sus audiencias se centren en él o ella, que sea una especie de vocero o portavoz en las redes sociales, sea fácilmente reconocible y con el que las personas usuarias se familiaricen.

 

Otra opción puede ser la de un esquema que voltee hacia la publicidad de negocios o emprendimientos locales, entrando de lleno a la competencia con influencers que ya tienen parte de ese mercado capturado.

 

Algo más, que desde las páginas web se ofrezcan diversos productos. A diversos medios impresos les precede un prestigio acumulado de años, por lo que son canales confiables, ¿por qué no usar esa experiencia para vender productos o que las marcas utilicen sus plataformas para promocionarlos?

 

Todas las empresas de medios de comunicación tienen frente a sí el reto de reinventarse para persistir en el tiempo, pero no solo para eso, sino para continuar generando empleos y mantener informada a la ciudadanía de una forma actualizada y adaptada a las tendencias del contexto actual en el que desde el teléfono móvil tenemos el mundo a nuestro alcance.

 

La creatividad, la apertura de las y los empresarios para admitir que el mundo cambia con cada algoritmo, y que se trata de innovar serán claves de su existencia.

 

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