Latitudes convergentes: entre Brasil, Serbia y EUA
Escrito por Amalia Pulido GómezLa democracia, al construirse por y para personas, tiene la capacidad permanente de contradecir pronósticos. Así nos recordaron hace unos días dos países que poco tienen en común: uno es gigante, en América del Sur; otro pequeño, en los Balcanes. Pero la lectura de sus resultados no puede hacerse de forma aislada. Menos cuando estamos a unos días de que Estados Unidos acuda a las urnas para sus elecciones intermedias.
Comparar procesos tan distintos exige prudencia, pues las agendas de cada electorado son diferentes y los desenlaces, en apariencia, opuestos. En Brasil, el electorado refrendó al presidente en funciones, mientras en Serbia lo desplazaron. Pero más allá de la superficie y las diferencias obvias, ambos casos comparten tres rasgos que merecen especial atención.
El primero es la sorpresa. Todo apuntaba a que Brasil se sumaría a la tendencia que en los últimos años llevó a la derecha al poder en el resto de América Latina. Luiz Inácio Lula da Silva llegó a la segunda vuelta como gobernante en tiempos de rechazo a los liderazgos conocidos y con una preferencia ampliada por la ultraderecha. Flávio Bolsonaro, contra quien se decidió el balotaje, hijo del expresidente condenado por intentar un golpe de Estado, había ganado la primera ronda por un margen pequeño, pero superior al de Lula.
Entre ese panorama, el resultado cambió el paradigma. Desde que Brasil recuperó la elección presidencial directa en 1989, quien encabezaba la primera vuelta siempre había ganado. Ahora, en tres semanas, Lula sumó más de diez millones de votos y convirtió una desventaja de dos puntos en una ventaja cercana a cuatro.
En Serbia, la sorpresa fue de otra naturaleza. Aleksandar Vučić dominaba la política desde 2012 y controlaba múltiples ámbitos fundamentales para la vida democrática. Frente a dos años de protestas estudiantiles contra la corrupción, el mandatario adelantó las elecciones. Contra -incluso- su propio pronóstico, su partido no salió victorioso de las urnas. La lista integrada por personas docentes, científicas, trabajadoras y activistas, en su mayoría desconocidas, alcanzó 135 de los 250 escaños.
El segundo rasgo común es la participación. En Brasil votó más gente en la segunda vuelta que en la primera, algo inusual. Lula presentó la elección como una defensa de la soberanía nacional, dada la cercanía de Bolsonaro con Donald Trump, y reconectó con sectores golpeados por la economía. Disputó, además, un terreno dominado por la derecha con un canal de WhatsApp llamado “El Ejército de Lula”. En Serbia, la movilización pasó de las calles a las urnas.
El tercer rasgo es el más relevante para el mapa geopolítico. Vučić y Bolsonaro pertenecen a una misma familia: la ultraderecha aliada del movimiento MAGA de Trump y, en el caso serbio, de Vladimir Putin.
Tras la derrota, Flávio Bolsonaro desconoció los resultados y pidió anular los comicios. El único respaldo significativo llegó de Washington, pero en menos de 24 horas, el candidato desistió. Poco después salió del país, pese a una prohibición judicial y a que debía entregar sus pasaportes –italiano y brasileño– por una investigación de lavado de dinero. El Departamento de Estado de EUA anunció que le otorgará visados a él y a su familia.
Todo esto ocurre a una semana de las elecciones intermedias del 3 de noviembre, en las que Trump busca conservar la mayoría republicana. Sería un error leer a Brasil y Serbia como un pronóstico para Estados Unidos, pero sí dejan al descubierto que ninguna fuerza política es invencible cuando la ciudadanía percibe que lo que está en juego es la propia democracia e independencia.
Nada de esto significa que la democracia goce de buena salud. La confianza se construye todos los días, pero cuando millones de personas deciden participar, la democracia demuestra que sigue viva.
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