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Viernes, 11 Septiembre 2026 06:00

La ONU desde otro rincón

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De acuerdo con el informe Las mujeres en el multilateralismo 2026, desde la creación de la ONU en 1945, ninguna mujer ha ocupado su cargo más alto

 

El 31 de diciembre de 2026 concluye el mandato del secretario general de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), António Guterres, y el proceso de sucesión ya está en debate. Compiten ocho aspirantes, aunque una votación informal del Consejo de Seguridad el 21 de agosto apuntaló a tres favoritos: Carolyn Rodrigues-Birkett (Guyana), Rebeca Grynspan (Costa Rica) y Rafael Grossi (Argentina).

 

De acuerdo con el informe Las mujeres en el multilateralismo 2026, desde la creación de la ONU en 1945, ninguna mujer ha ocupado su cargo más alto y sólo ocho de las 56 candidaturas oficiales han sido de mujeres. En 2016, cuando más de la mitad de las postulaciones eran de mujeres, ninguna logró superar el cuarto lugar. Diez años después, la elección abre una nueva oportunidad para quienes creemos en una mayor presencia de mujeres en posiciones de poder.

 

La inclusión de las mujeres en organizaciones multilaterales es un eje central de la gobernanza global feminista, que comenzó a tomar forma en 1975 con la primera Conferencia Mundial sobre la Mujer y se consolidó en 1995, con la Cuarta Conferencia Mundial sobre la Mujer en Beijing. Ha habido avances: en 2025, 46% de las 62 organizaciones multilaterales estaban lideradas por una mujer y sólo una tenía menos de 25% de mujeres en su equipo directivo.

 

Sin embargo, la representación de las mujeres en el multilateralismo sigue siendo insuficiente, pues 21 organizaciones nunca han tenido una mujer al frente y otras 20 lo han hecho solo una vez. Además, la presencia femenina en los órganos de gobierno, donde se toman las decisiones clave, apenas alcanza 28% y, en la diplomacia internacional, sólo 23% de los representantes permanentes ante la ONU en Nueva York son mujeres, con 72 países que jamás han designado a una embajadora (GWL Voices, 2026).

 

Los enfoques feministas sobre la gobernanza global destacan las contribuciones de las mujeres a los procesos de paz y su papel en la seguridad y el desarrollo, así como en la garantía de los derechos humanos. Desde una perspectiva de género, un liderazgo feminista puede impulsar nuevas prioridades y enriquecer la toma de decisiones desde la pluralidad. Contar con una mujer del sur global al frente de la ONU sería un hito que permitiría cuestionar cómo se entiende y defiende la igualdad de la que la Carta de las Naciones Unidas es garante.

 

Como exponente de la gobernanza global, la ONU vivió avances importantes desde mediados del siglo pasado, pero los últimos años han mostrado un retroceso en el alcance de su mandato, su capacidad para resolver problemas y su legitimidad ante los Estados miembros. El organismo se enfrenta a retos como la retirada de Estados Unidos, su principal donante, la guerra en Ucrania, la crisis humanitaria en Gaza, las amenazas sistemáticas a la población iraní y la extensión de mandatos constitucionales en Centroamérica para perpetuar el autoritarismo político. Tener una mujer al frente del organismo multilateral más importante de nuestro tiempo abriría puertas que, desde hace un par de años, parecían cerrarse.

 

Es cierto, como advierten sus críticos, que la ONU es, a fin de cuentas, una representación de los Estados que la componen. Sin embargo, cuenta con reglas, normas y ámbitos de actuación propios. Por ello, el papel de las mujeres en la gobernanza global importa tanto por el espacio que han logrado abrir para ocupar posiciones de poder, como por el valor que añade a los procesos de formulación de políticas en organizaciones internacionales, mismo que abona a cuestionar normas y prácticas que suelen darse por sentadas. Como máxima representante administrativa y diplomática de la organización, una mujer al frente de la Secretaría General podría transformar la forma en que los Estados miembros piensan el mundo y sus coyunturas.

 

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