La comparación con Corea del Norte fue inmediata. La opinión pública, que ya calificaba a este país como la dictadura más represiva del hemisferio
Tras un par de meses sin apariciones públicas, Daniel Ortega reapareció el 19 de julio en el acto por el 47º aniversario de la Revolución Sandinista. Ahí sentenció: “aquí no volverá a haber elecciones”. Con esa frase, cerró la puerta a los comicios de 2027 y a la apariencia democrática del país.
La comparación con Corea del Norte fue inmediata. La opinión pública, que ya calificaba a este país como la dictadura más represiva del hemisferio, reforzó el discurso. Cuando se perciben rasgos autoritarios, las analogías parecen inevitables, como si nombrar el caso extremo permitiera medir la distancia que aún separa -y al tiempo acerca- de él. Sin embargo, las comparaciones son innecesarias en este contexto. La situación nicaragüense es delicada en sí misma desde hace un par de décadas.
Como la historia ha evidenciado, la erosión democrática tiende a ser progresiva. Ortega regresó a la presidencia en 2007 y, desde entonces -según la oposición y organismos internacionales-, el sistema electoral, los tribunales, la Asamblea Nacional y las fuerzas de seguridad han quedado bajo su control absoluto. La reforma constitucional de 2025 instauró la co presidencia con su esposa, Rosario Murillo, amplió el mandato y concentró el poder en el Ejecutivo.
Estas medidas no sorprenden, pues así ha funcionado el régimen por años. Lo que sí implicó un cambio importante es la institucionalización de esos mecanismos y la frontalidad de Ortega al declarar la eliminación del voto. Aunque varias voces sostienen que los comicios anteriores fueron procesos viciados -el entonces presidente de Estados Unidos, Joe Biden, calificó las presidenciales de 2021 como una “pantomima”-, suprimirlas oficialmente indica una transformación en el ejercicio del poder.
¿Por qué necesitaría Ortega prescindir de unas elecciones que ya controla por completo? La oposición en el exilio da respuestas que desmontan la lectura del régimen fuerte. Algunas sostienen que es el reflejo de la falta de confianza en su propio círculo de poder, o de la canalización atomizada del rechazo acumulado.
A lo anterior se suma la incógnita en torno a su sucesión. Ortega afirma que estará diez años más en el poder, pero su edad genera incertidumbre. Detrás quedan Murillo y sus hijos, en particular Laureano Ortega Murillo. El Ejército será un actor decisivo, pues ha mantenido una lealtad inquebrantable a pesar de la purgación de sus filas. Si bien su autonomía ha sido debilitada, la historia regional invita a mantener alertas.
La atención también se ha dirigido a las posibles reacciones desde Washington. Marco Rubio advirtió que Estados Unidos “no se quedará de brazos cruzados”. Sorprende la falta de una respuesta más tajante. Los intereses económicos pesan: Estados Unidos ha sido un ávido comprador de oro nicaragüense, coopera en materia migratoria y mantiene al país en el CAFTA-DR. La doctrina Donroe, pese a su retórica, parece filtrarse según intereses distintos al del fortalecimiento democrático en el continente.
Que hoy no se vislumbre una movilización social fuerte dice mucho sin necesidad de enunciarlo. Tras la violenta represión de 2018 -que dejó más de 300 personas muertas- y la posterior “neutralización” de la oposición, la ciudadanía parece desarticulada. El miedo no es solo el arma de quien reprime, es también la marca de una población que ve repetirse su propia historia.
El caso es único. De acuerdo con V-Dem, no existe registro de que en el siglo XXI algún otro país haya anunciado que dejará de tener elecciones. Reducir a Nicaragua a una analogía es más simplista que observarla en sus propias particularidades. La democracia es, también, un conjunto de valores e instituciones que permiten al pueblo ejercer el poder.
El desmantelamiento de los mecanismos democráticos comenzó con la limitación de libertades y culmina con la concreción de las afirmaciones del mandatario. Nicaragua no se está convirtiendo en Corea del Norte, pero sí está construyendo otras realidades en la región.
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