Cada 18 de julio, la Organización de las Naciones Unidas (ONU) recuerda al presidente del primer gobierno no racial elegido democráticamente en Sudáfrica
La universalidad de los derechos humanos impide jerarquizar las vidas. Nelson Mandelaya lo advertía: “Privar a las personas de sus derechos humanos es poner en tela de juicio su propia humanidad”. Con estas palabras expresó que negar los derechos que nos corresponden por nuestra condición humana equivale a desconocer aquello que compartimos, por encima de cualquier diferencia.
Cada 18 de julio, la Organización de las Naciones Unidas (ONU) recuerda al presidente del primer gobierno no racial elegido democráticamente en Sudáfrica. La fecha no debería limitarse al homenaje biográfico, pues su legado plantea preguntas y aprendizajes para evitar que la historia se repita.
Vivimos en democracias donde la indignación parece ser el lenguaje predominante de la política. La polarización se utiliza como estrategia electoral, los discursos maniqueos ganan terreno y el consenso suele confundirse con debilidad. En este contexto, la figura de Mandela recuerda que existe otra forma de ejercer el liderazgo. Uno que no minimiza las vidas de unas sobre otros.
Durante décadas, Sudáfrica vivió bajo el apartheid, un régimen de segregación racial institucionalizada que privó de derechos y libertades a millones de personas. Madiba pasó 27 años en prisión por combatir ese sistema. Su elección de priorizar la paz para conducir a su país hacia una transición democrática basada en la verdad, la justicia y la reconciliación tiene todavía lecciones para países divididos.
Los binarismos siguen imponiendo falsos dilemas en el imaginario social, pero pensar en sociedades cohesionadas ahí en donde las diferencias se entienden como debilidades implica ver más allá. Mandela mostró que las diferencias pueden coexistir cuando las instituciones son capaces de reconocer el daño, garantizar la verdad y reconstruir la confianza. La reconciliación logró impedir que el resentimiento definiera el futuro de una nación.
Gobernar un país profundamente dividido implicó renunciar a la lógica absoluta de ganadores y perdedores. Esa decisión permitió que Sudáfrica transitara hacia una democracia multirracial pese a los pronósticos de una guerra civil.
Este año, además, el organismo ha decidido centrar la conmemoración en una dimensión de la lucha de Mandela que a veces recibe menos atención, pero que no por eso es menos relevante: denunciar la pobreza y la desigualdad. La democracia difícilmente puede consolidarse cuando millones de personas carecen de oportunidades reales de acceso a educación, salud, trabajo digno o protección social. La exclusión económica también limita los derechos.
La reflexión es especialmente pertinente para América Latina. Las elecciones periódicas conviven con desconfianza institucional, desigualdades persistentes y una conversación pública cada vez más confrontativa. Defender la democracia exige garantizar el voto y su accesibilidad, pero también construir sociedades donde la dignidad no dependa del origen, la condición económica, la identidad de género o la pertenencia étnica. El consenso no elimina las diferencias: permite procesarlas sin convertirlas en enemistad.
Madiba nos enseñó que las transformaciones profundas no son producto de un liderazgo aislado, enfurecido y confrontativo. Su figura es el símbolo por excelencia del fin de la segregación racial legal en Sudáfrica, pero esto solo fue posible después de años de movilización social, presión internacional, reconocimiento de las injusticias y fortalecimiento de instituciones.
Cuando la división promete beneficios políticos inmediatos, reconciliar es una decisión exigente. Requiere verdad, justicia e instituciones capaces de incluir la pluralidad. Ninguna democracia puede llamarse representativa mientras la dignidad de algunas personas continúe en disputa.
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