¿La paradoja del parlamentarismo?: El caso de Downing Street
Escrito por Amalia Pulido GómezDe confirmarse la llegada de Andy Burnham a Downing Street, el Reino Unido habrá tenido siete primeros y primeras ministras (PM) en apenas una década
La ciencia política ha entendido al parlamentarismo como un sistema capaz de dar mayor estabilidad a las democracias. La lógica parece obvia: cuando un gobierno pierde respaldo político, se sustituye el liderazgo sin la necesidad de provocar una crisis institucional. Pero el caso del Reino Unido advierte que ninguna arquitectura gubernamental garantiza estabilidad sin las condiciones económicas y sociales que la sostengan.
De confirmarse la llegada de Andy Burnham a Downing Street, el Reino Unido habrá tenido siete primeros y primeras ministras (PM) en apenas una década. Esta situación contrasta con que, entre 1979 y 2010, el país tuvo únicamente cuatro jefaturas de gobierno. Desde entonces, la duración de los mandatos ha fluctuado de forma importante.
Sería fácil concluir que el problema reside en sus personajes: David Cameron, marcado por el referéndum del Brexit; Theresa May, por el bloqueo parlamentario; Boris Johnson, por el escándalo de las fiestas durante la pandemia, y la lista continúa. Reducir el análisis a los errores individuales de cada gobierno resulta insuficiente. En su lugar, resalta una economía poco productiva, una infraestructura pública desatendida y servicios públicos bajo tensión. Gobernar en estas condiciones obliga a administrar expectativas que difícilmente pueden satisfacerse a corto plazo y hacerlo exige, sobre todo, una ruta definida.
Es una paradoja que aquello que por décadas se consideró la mayor fortaleza del parlamentarismo pueda ser también fuente de fragilidad. Las y los PM permanecen en el cargo mientras conserven la confianza del Parlamento. Cuando las encuestas empeoran o las personas legisladoras comienzan a temer por sus propios escaños, la presión por reemplazar al liderazgo puede volverse irresistible. Cambiar de PM es institucionalmente sencillo y ofrece al partido la ilusión de resolver los problemas que amenazan con costarle el poder.
A esto se suma un fenómeno característico de la actualidad: el aumento en la demanda de resultados inmediatos por parte del electorado. Especialistas han evidenciado que las y los PM disponen de un margen cada vez más reducido para demostrar resultados antes de que la ciudadanía y sus propias fuerzas políticas comiencen a buscar un reemplazo. Las redes sociales intensifican la demanda de soluciones inmediatas para problemas cuya naturaleza exige horizontes temporales más largos.
Andy Burnham llega con una narrativa distinta. Apunta a fortalecer los gobiernos locales y redistribuir recursos fuera de Londres. Uno de sus principales diagnósticos: el Reino Unido se ha convertido en uno de los países más centralizados de Europa y buena parte de sus desequilibrios derivan precisamente de esa concentración de decisiones.
Pero incluso quienes observan con simpatía el proyecto advierten las dificultades de la maniobra. Gobernar implicará adoptar decisiones que probablemente desgasten la popularidad del nuevo gobierno. Y en un sistema donde la supervivencia depende de una confianza política que se renueva de forma cotidiana, la impaciencia tenderá a imponerse sobre la necesidad de construir políticas de largo aliento.
Quizá la lección más importante del caso británico no sea que el parlamentarismo puede también ser inestable, sino que ninguna democracia sostiene mandatos duraderos cuando se privilegian soluciones inmediatas sobre transformaciones estructurales. Cambiar de PM ante la pérdida de popularidad no es un defecto en sí, el defecto aparece cuando éste se vuelve su principal recurso y la rotación se vuelve tan frecuente que las políticas públicas no se consolidan.
Cambiar de PM puede ser relativamente sencillo, pero cambiar las condiciones que hacen insostenibles a los gobiernos es infinitamente más difícil.
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