La lógica era clara. La importancia práctica de las organizaciones partidistas programáticas descansa sobre su coherencia ideológica
Los partidos políticos deberían ser fundamentalmente programáticos, de acuerdo con una premisa clásica de la teoría democrática. Una referencia fundamental es el reporte de la American Political Science Association de 1950. De acuerdo con el informe, los partidos deben procurar la consistencia entre posiciones políticas y principios ideológicos.
La lógica era clara. La importancia práctica de las organizaciones partidistas programáticas descansa sobre su coherencia ideológica. Sin ella, la ciudadanía difícilmente puede constatar si un partido cumplió sus compromisos y promesas. Ese era el mecanismo que hacía posible la rendición de cuentas democrática.
Bajo este ideal, la lealtad ciudadana hacia los partidos se vuelve condicional y racional. El apoyo depende de los programas que se cumplen. El problema es que esa noción descansa sobre una figura cada vez menos frecuente: una persona votante ideológicamente consistente.
Las manifestaciones políticas actuales muestran otra cara del electorado y de las fuerzas políticas.
Tomo el caso de Donald Trump como ejemplo, figura central del partido republicano actualmente. De acuerdo con cifras recientes del New York Times, su aprobación ronda el 39%, en un contexto político fuertemente marcado por la polarización. El dato es revelador, pues millones de personas que, de acuerdo con la evidencia disponible, no comparten una visión ideológica coherente, apoyan a un mismo candidato.
¿Cómo entendemos estos resultados desde una lógica programática de partidos? Un estudio reciente del Pew Research Center (Beyond Red vs. Blue: The Political Typology) ofrece una posible respuesta. La política estadounidense ya no se divide únicamente entre dos polos. El estudio identifica nueve grupos ideológicos distintos que retratan los valores en tensión que subyacen a la polarización actual.
Los extremos –derecha (21%) e izquierda (17%)– son fuertemente ideológicos, políticamente activos y se inclinan decididamente por un partido. Sin embargo, son minoría.
Los cinco grupos restantes reúnen perfiles mixtos, menos atentos a la política y con intereses que con frecuencia resultan contradictorios. Una de las explicaciones más importantes es que muy pocas personas en Estados Unidos son consistentemente liberales o conservadoras en todos los temas. La persona votante que imaginaban las fuerzas programáticas y la teoría política de fines del siglo XX es hoy una excepción, no la regla.
Esto plantea un desafío estructural para ambos partidos. El problema no es solo que el electorado esté fragmentado, sino que cada persona, de forma individual, puede cargar con sus propias contradicciones políticas. Mientras busca crecimiento económico, prioriza el cierre de fronteras; valora las instituciones democráticas, pero vota por quienes las cuestionan.
¿Cómo pueden demócratas y republicanos atender a personas que no respaldan plenamente la agenda de ninguno? ¿Tiene sentido seguir pensando a los partidos desde la racionalidad programática cuando el electorado ya no opera bajo esa lógica?
Lo programático ya no basta para explicar cómo entendemos a los partidos políticos. El modelo tan idealizado cambió. Pasamos de partidos que construían plataformas ideológicas para ganar votos, a partidos que construyen audiencias y acomodan sus propuestas a quienes ya los apoyan. Aunque la distinción parezca semántica, es fundamental.
Los estudios sobre representación democrática y sistemas de partidos tendrán que comenzar por reconocer el cambio. Para bien o para mal, lo programático ya no es el centro que organiza la competencia política.
En su lugar aparece algo más flexible, más emocional y quizá más difícil de ordenar: un Pantone ideológico en el que cada persona votante combina prioridades, rechazos, identidades y temores de una manera mucho menos predecible de lo que la teoría imaginó.
Conéctate
