El electorado latino no se comporta como un bloque uniforme. La comunidad latina no responde de forma automática a una identidad partidista
El pasado 2 de junio, seis estados de nuestro país vecino del Norte acudieron a las urnas para definir candidaturas rumbo a noviembre: California, Iowa, Montana, Nueva Jersey, Nuevo México y Dakota del Sur. Aunque los resultados deben leerse con cautela, ofrecen señales del ánimo político entre Demócratas y Republicanos. California es un caso que, considero, merece una atención especial por una variable que no comparte con las demás entidades: el peso del voto latino.
A inicios de los 2000, el politólogo Samuel Huntington—en su libro Who Are We? The Challenges to America's National Identity— sostenía que las personas de origen latino eran un grupo relativamente homogéneo, con preferencias culturales y políticas propias, distinguibles del resto de la sociedad estadounidense. A partir de esa premisa, Huntington decía que la inmigración latinoamericana podría representar un desafío para la cohesión nacional en Estados Unidos.
Durante años, el crecimiento de la población latina se vio como una ventaja electoral para el Partido Demócrata. El argumento era sencillo: comunidades con historias migratorias tenderían a respaldar a la fuerza política más sensible con la inmigración y diversidad. Más de dos décadas después, la realidad muestra algo distinto.
El electorado latino no se comporta como un bloque uniforme. La comunidad latina no responde de forma automática a una identidad partidista, como lo ha señalado en diversos estudios el profesor De La Garza, aunque en términos generales personas inmigrantes latinas se identifican en mayor medida con el Partido Demócrata que con el Republicano, existen diferencias que se explican con la propia experiencia en sus países.
Las primarias de California parecen confirmar ese cambio en el comportamiento electoral estadounidense. Lo que ocurre no es la formación de un bloque político latino. Por el contrario, éste electorado es diverso en sus preferencias: más parecido al conjunto de la población y menos predecible para los partidos políticos.
Xavier Becerra, hijo de inmigrantes mexicanos y una de las figuras latinas relevantes del Partido Demócrata, se perfila para noviembre bajo el sistema de jungle primary, en el que las dos candidaturas más votadas continúan sin importar su partido. Su eventual llegada a la boleta final tendría un peso simbólico, ya que podría ser la primera vez que el electorado de California elija a un gobernador latino.
Pero lo que más llama la atención es que, en zonas con alta presencia latina, las candidaturas republicanas han mostrado una competitividad que hace años habría sido poco probable en este estado. Esa tendencia obliga a replantear la premisa de que el voto latino pertenece a una fuerza política.
Un ejemplo es el Distrito 22 de California, una región agrícola, donde aproximadamente el 70% de su población es latina. Es una zona competitiva en el estado: en 2020 votó por Joe Biden y cuatro años después respaldó a Donald Trump. Este año, en espera de resultados, parece que el candidato republicano lleva la delantera.
La principal lección de estas primarias será abandonar ciertas ideas, y estereotipos, que dominaron la conversación política durante décadas. El crecimiento demográfico latino no garantiza victorias para ningún partido, del mismo modo que la identidad compartida no produce preferencias electorales idénticas.
Las elecciones de noviembre mostrarán hasta qué punto estas tendencias se consolidan. Pero desde ahora es posible observar que el voto latino dejó de ser visto como un electorado cautivo y se convierte en uno de los espacios más disputados. Paradójicamente, esa evolución parece refutar algunas preocupaciones de Huntington. La integración política se expresa en los clivajes, debates y acuerdos que atraviesan a la sociedad, no en la uniformidad social.
Cuando un grupo deja de comportarse como una excepción electoral, tal vez la señal más clara no sea su diferencia, sino su incorporación plena a la competencia democrática.
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