Hoy es impensable hablar de feminismo y de justicia sin referirnos a Marcela Lagarde y de los Ríos.
En un país donde la violencia contra las mujeres ha sido invisibilizada durante décadas, nombrar es un acto político. Hablar de Marcela Lagarde conlleva reconocer a una mujer que nos ha enseñado a leer nuestra realidad y la vida cotidiana en clave feminista.
Hace unos días, mi alma mater, la Universidad Autónoma del Estado de México, le otorgó el Doctorado Honoris Causa -su máxima distinción académica- a Marcela Lagarde y de los Ríos. El reconocimiento celebra una trayectoria intelectual y la capacidad de transformar paradigmas en la vida cotidiana. Se celebra una vida dedicada a colocar en el centro de la discusión pública temas incómodos para algunos sectores y urgentes para muchos otros.
Este reconocimiento no es menor. Lagarde ha dedicado décadas a la reflexión y al análisis, trascendiendo las aulas en muchos sentidos. Una de sus aportaciones -que modificó por completo nuestras aproximaciones a la justicia- fue plantear el concepto de feminicidio. Éste hace explícito que existen asesinatos de mujeres que ocurren por el simple hecho de ser mujeres.
Antes de que introdujera este término en la discusión pública, los crímenes cometidos contra mujeres eran fácilmente minimizados como casos aislados de “crímenes pasionales”. Pasaron años hasta que se comenzaron a contar y juzgar con el rigor que ameritan. El término permitió entender que existe un patrón de violencia vinculado a una estructura patriarcal sustentada en la impunidad. Nombrar el fenómeno permitió abrir la puerta a una demanda más igualitaria de justicia.
Las palabras se vuelven parte de nuestra vida cotidiana, pero conviene destacar que ciertos términos son el mecanismo para visibilizar. Por eso, sin duda, ésta fue la contribución más trascendental del pensamiento de Lagarde a la sociedad y a los feminismos. Su legado nos recuerda que lo que no es nombrado, permanece en los márgenes de la justicia.
Así fue como Lagarde y la fuerza de su pensamiento superaron los límites del discurso escrito. Desde el Congreso fundó y presidió la Comisión Especial para dar seguimiento a los feminicidios en la República Mexicana. Ahí, junto con 70 investigadoras, demostraron que la violencia feminicida es un problema de escala nacional, que no se detiene en las fronteras de Ciudad Juárez.
La evidencia fue decisiva para que, poco tiempo después, Lagarde tuviera un rol central en la elaboración de la Ley General de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia, una de las legislaciones más importantes en la materia en América Latina.
Lagarde continúa recordándonos que la causa de las mujeres exige perseverancia. Sus palabras en el Edificio de Rectoría de la institución auriverde estuvieron atravesadas por una idea que nos debe retumbar en nuestra vida diaria: la utopía es lo que nos hace caminar. Entender el feminismo como la búsqueda continua de una sociedad más ética, sostenible y basada en la igualdad sustantiva debe seguir empujándonos a esa meta colectiva. Por más que ésta pudiese sonar un tanto inalcanzable.
Pero este encuentro también dejó claro que la igualdad sustantiva es distante. La primera rectora de la máxima casa de estudios del Estado de México recalcó que únicamente ocho de los 62 doctorados Honoris Causa otorgados desde 1980 han reconocido la trayectoria de alguna mujer. La lucha solo se sostiene desde las trincheras que conocemos y desde las que imaginamos.
Hoy es impensable hablar de feminismo y de justicia sin referirnos a Marcela Lagarde y de los Ríos. Esa mujer que se sigue atreviendo a desafiar al patriarcado, a nombrar, a incomodar y a señalar que este mundo le sigue debiendo justicia y reconocimiento a las mujeres. Ese mundo que deberíamos entender en clave feminista: “por la vida y la libertad de las mujeres y las niñas”.
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