Cancha pareja: el valor de aceptar el resultado
Escrito por Jose Rivera FloresHay una escena que se repitió al final de cada partido decisivo del Mundial de Fútbol 2026. Mientras un equipo celebraba el pase a la siguiente ronda, el otro abandonaba la cancha con el peso de la derrota. Es una imagen tan cotidiana que pocas veces nos detenemos a reflexionar sobre ella y, sin embargo, encierra una de las lecciones más profundas del deporte.
Lo verdaderamente extraordinario de un torneo no es solo que alguien gane, sino que quien pierde acepte el marcador.
Perder nunca es sencillo, y menos cuando lo que está en juego es un campeonato del mundo. Aun así, la mayoría de las selecciones estrechan la mano del rival y continúan, no porque la derrota deje de doler, sino porque existe la convicción de que compitieron bajo las mismas reglas y ante un arbitraje imparcial. Por supuesto, cuando una decisión genera dudas, la conversación deja de girar en torno al talento para concentrarse en la sospecha; entonces, el juego limpio y la confianza en la competencia comienzan a resquebrajarse.
La democracia enfrenta exactamente el mismo desafío.
Como ha explicado el politólogo Adam Przeworski (1998), una de las mayores fortalezas de un régimen democrático consiste en que quienes no obtienen la victoria acepten los resultados porque confían en el proceso. Esa aceptación no implica renunciar a las convicciones ni abandonar la crítica; significa reconocer que la contienda se desarrolló en condiciones de equidad e imparcialidad.
Esa confianza no surge por generación espontánea. El economista Douglass North (1990) refería que las instituciones son las "reglas del juego" creadas para dar orden y certidumbre a la interacción humana. Pero las reglas por sí solas no bastan: requieren de un arbitraje firme capaz de hacerlas cumplir sin importar el peso de los contendientes. La democracia no funciona cuando se le trata como una batalla donde todo se vale para ganar, sino cuando es entendida como un pacto donde el respeto al marco normativo está por encima de cualquier interés particular.
En el Estado de México, la preparación de ese terreno de juego ya está en marcha. Rumbo al Proceso Electoral 2027, la labor del Instituto Electoral del Estado de México (IEEM) no consiste en jugar para ningún equipo ni decidir quién triunfa, sino en garantizar una cancha pareja donde cada candidatura compita bajo las mismas condiciones y con estricto apego a la legalidad.
En tiempos de creciente polarización, la calidad de una elección no dependerá únicamente de la autoridad que arbitra, sino del compromiso ético de quienes aspiren a competir. La certidumbre democrática se construye cuando las y los actores políticos entienden que la legitimidad de un triunfo no se exige con estridencia, sino que se gana respetando las reglas de principio a fin.
Ninguna institución puede evitar la tristeza de quien no obtiene los votos, del mismo modo que ningún árbitro puede evitar la frustración del equipo eliminado. Lo que sí debe garantizarse es que el resultado sea reconocido como legítimo por todas las partes.
Quizá esa sea la lección más urgente que el deporte le regala a la política: la verdadera victoria no pertenece a quien levanta el trofeo, sino al sistema que hace posible volver a competir mañana. Cuando el arbitraje es imparcial y las reglas se honran con ética, el silbatazo final no marca un punto de quiebre ni una división; se convierte en el cimiento sobre el cual se construye la paz democrática.
BIBLIOGRAFÍA:
- North, D. C. (1990). Instituciones, cambio institucional y desempeño económico. Cambridge University Press, pág 14-17. DISPONIBLE EN: https://storage.e.jimdo.com/file/d2205ed9-ae8d-468f-922b6a9503ca3fad/Douglas%20Nort%20Instituciones.pdf
- Przeworski, A. (1998). ¿Por qué los partidos políticos obedecen los resultados electorales? POSTData. Revista de Reflexión y Análisis Político, (4), pág. 27-29. Disponible en: https://revistapostdata.com.ar/index.php/postdata/en/article/view/473/447
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